La Sombra aparecía siempre en un estrecho callejón que quedaba a espaldas de la Plaza de Armas. Todas las tardes, la sombra dejaba el callejón, cruzaba la plaza, bajaba 2 cuadras y giraba hacia la izquierda. En el trayecto no hablaba con nadie ni saludaba a nadie. Total, nadie lo podía ver. La Sombra se detenía en una esquina, se acicalaba un poco y avanzaba algunos pasos más. Allí había una casa de un solo piso, con paredes color celeste plomo, zócalos azul marino y una sola ventana con lunas de espejo. Frente a esa casa envejecía una pared despintada y salitrosa, y era en esa pared en donde La Sombra se colocaba por fin. Nadie lo podía ver, excepto la niña de ojos brillantes que vivía en la casa celeste.
Todas las tardes, a las 6 en punto, la niña se sentaba a esperar junto a la ventana y era feliz, y sus ojos brillaban más y mejor, cuando veía a La Sombra aparecer frente a ella, dibujándose silenciosamente en la pared despintada. Entonces abría la puerta y salía a conversar con él y él, La Sombra, le hablaba esbozando sus pensamientos en la pared, transfigurándose en mensajes que solo la niña de los ojos brillantes podía ver y ella le respondía en voz baja, como si estuviera contándole cosas al oído. Cada tarde, ellos veían morir el sol, veían llegar la noche y con esta, el deprimente alumbrar de los postes. Entonces La Sombra se desvanecía, se difuminaba entre otras sombras más grandes y más densas y la niña cerraba sus párpados, atrapando con ellos sus lágrimas de luz y no volvían a ser felices sino hasta la tarde siguiente.
Pero pronto, la gente del pueblo advirtió aquel extraño ritual vespertino y soltaron el rumor de que la niña se había vuelto loca porque hablaba y reía con las paredes. Cuando su madre lo supo le preguntó qué diablos estaba pasando pero ella solo le respondió que no estaba loca porque La Sombra que aparecía todas las tardes existía y era su mejor amigo. Su madre, asustada, la encerró en su habitación y cubrió las paredes de la habitación con espejos y también el techo y el piso de modo que no quedara un solo centímetro donde se posaran las sombras. La mantuvo encerrada durante 60 días y 60 noches.
Sin embargo, una tarde la niña escapó de su cárcel de espejos y pudo hablar con La Sombra y le pidió que se transformara en un ser humano, que se hiciera de carne y hueso ya que solo así podrían estar juntos para siempre. Desgraciadamente, La Sombra no podía hacer eso porque estaba condenado a ser sombra durante toda su existencia. Entonces la niña volvió a su cárcel de espejos y empezó a llorar, gastando todas sus lágrimas de luz hasta que sus ojos dejaron de brillar. Su padre lo supo, y llegó desde una ciudad lejana en un auto rojo para llevársela de allí, lejos de ese pueblo chato y aburrido a una ciudad de grandes edificios y avenidas infinitas en donde La Sombra jamás podría encontrarla.
Pasaron kilómetros y kilómetros en un viaje que parecía eterno, la niña soñaba y en sus sueños veía a La Sombra convertido en un joven de carne y hueso que le sonreía y cuyos ojos brillaban tanto como habían brillado los de ella. De pronto se despertaba de golpe y se encontraba dentro del auto rojo de su padre sin saber si eran minutos o años los que habían pasado desde que subió allí pero tampoco quería averiguarlo. Y miraba por la ventana hacia el mundo que se movía como un disco allá afuera y veía pasar una multitud de sombras que desfilaban al borde de la carretera pero en ninguna de ellas reconoció al amigo al que había aprendido a querer. Cuando llegaron a su destino, su padre la llevó a vivir al apartamento que tenía en aquella ciudad llena de luces de neón, le dio un beso en la frente y le prometió que todo estaría bien. Así pasaron los días y las noches y cuanto más tiempo pasaba, más pensaba en La Sombra preguntándose si acaso él la estaría buscando.
La respuesta era sí. Desde el día en el que ella se fue, La Sombra había invertido cada minuto de su existencia en buscarla. La buscó de casa en casa, en cada pueblo, en cada caserío, en cada ciudad grande o pequeña. La buscó en los mares, en los desiertos y en las colinas, la buscaba por caminos interminables y por senderos que parecían incendiarse con cada puesta de sol. Se perdió en los laberintos de un mundo que nunca había sido suyo y estuvo a punto de morir devorado por la oscuridad en la que desaparecía un pueblo condenado a existir solo una hora después de cada medianoche. Pero la sombra también soñaba y una noche se soñó dibujando sus mensajes, no con las sombras de su cuerpo, como lo hacía antes, sino con pincelazos de luz, en la pared amarillenta de un edificio de apartamentos en una ciudad en la que jamás había estado. Y así los días se convirtieron en semanas y éstas en meses y éstos en años pero La Sombra siguió buscando a la niña de los ojos brillantes, sin un solo minuto de descanso.
Y una tarde, mientras el sol agonizaba, la sombra llegó a una ciudad llena de luces de neón, de edificios grandes y avenidas infinitas y allí lloró amargamente como nunca en su vida lo había hecho. Lloró por primera vez, gritando el nombre de la niña a la que había buscado sin descanso durante miles de horas y solo una persona en aquella ciudad luminosa pudo escuchar lo que decía. La niña se asomó a su ventana, echó un vistazo a la amarillenta pared del edificio de al frente y sus ojos volvieron a brillar.
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